“Desear cosas es bueno siempre que no te enfades si no lo consigues”.
La meta a la que aspiramos puede ser una imagen hermosa y perfecta y, en cambio, nuestra vida puede parecernos carente de sentido. El objetivo vivve en el mundo ideal de la mente, y las neuronas se encargan de abrillantarlo. A su lado, la realidad se nos antoja prosaica e insulsa.
Los objetivos esconden estos peligros, y por ese motivo hay un mensaje que se repite una y otra vez: vivir el presente. Es decir, no obcecarnos por nuestras metas y saborear el Ahora. A veces condicionamos nuestro futuro o felicidad: “ sere feliz solo si mis proyectos se cumplen” “ sere feliz si consigo ese empleo…” Esto es, nuestros planes y objetivos requieren Flexibilidad, tanto en el planteamiento como en los resultados. Debemos contemplar las dos posibilidades en nuestra cabeza. Y además, la posibilidad del “ fracaso de ese objetivo en concreto” no debe imaginarse nunca como un impedimento para ser feliz. Las expectativas no deben ser ni optimistas, ni pesimistas, sino flexibles. Ser menos exigentes con nosotros mismos.
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